Por Michelle Yévenes Burgos, docente de Kinesiología de Universidad Santo Tomás Puerto Montt.

No todos los niños víctimas de maltrato tienen moretones visibles. Algunas de las heridas más profundas se esconden en el silencio, en la inseguridad emocional y en la manera en que esos niños aprenderán a verse a sí mismos y a relacionarse con el mundo.

El programa Chile Crece Más define la negligencia parental como la falta de cuidado, protección y afecto hacia los niños por parte de los padres o adultos responsables, considerándose una forma de maltrato infantil.

La negligencia parental, a diferencia de otras formas de violencia, suele mantenerse oculta o normalizada; no siempre es evidente. Muchas veces no incluye golpes, heridas visibles ni termina en denuncias o visitas al juzgado, lo que dificulta su detección y abordaje oportuno. Sin embargo, deja marcas profundas en las infancias de quienes en un futuro serán jóvenes y adultos con carencias emocionales importantes.

Lo preocupante es que, en una sociedad acelerada, marcada por la hiperconexión digital y la desconexión afectiva, cada vez es más frecuente encontrar padres físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes. Por lo tanto, la negligencia suele justificarse con cansancio, exceso de trabajo o falta de tiempo; sin embargo, aquí no hablamos de cantidad, sino de calidad en los vínculos.

Quizás, si fuéramos más conscientes del impacto que generan nuestras palabras, nuestros actos o, más bien, la ausencia de ellos en el desarrollo emocional de los más pequeños, crearíamos infancias más protegidas. El abandono emocional, la falta de supervisión, la ausencia afectiva, la desatención de necesidades básicas y la indiferencia frente al desarrollo infantil son algunas formas silenciosas de negligencia que, aunque muchas veces pasen desapercibidas, pueden tener consecuencias profundas, como la baja autoestima, problemas en la regulación emocional, bajo rendimiento escolar, trastornos de salud mental e incluso dificultades en el desarrollo social. Esto se explica, en parte, por la teoría del apego, al considerar que la ausencia de una figura protectora dificulta el desarrollo integral del menor, afectando la regulación emocional y aumentando la reactividad al estrés. La falta de un entorno seguro y predecible puede generar traumas emocionales, sensación de inseguridad y miedo constante. Según datos del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia (Mejor Niñez), la negligencia representa un alto porcentaje de los ingresos al sistema. Solo en 2023, más de 10.000 niños ingresaron a programas por negligencia parental, datos sumamente alarmantes si consideramos que la negligencia supera incluso al maltrato físico y al abuso sexual como causa de intervención estatal.

Porque un niño no solo necesita techo, alimento y abrigo; también necesita sentirse visto, escuchado y amado.