Por: Karina Villarroel Vega, Docente Carrera Técnico en Educación Parvularia, 1° y 2° básico, Centro de Formación Técnica Santo Tomás Puerto Montt

Conmemorar el Mes de la Niñez nos invita a mirar con atención la realidad que viven niños y niñas en los distintos espacios donde crecen, aprenden y se desarrollan, en una sociedad cada vez más diversa, donde la educación inicial enfrenta el desafío de construir comunidades inclusivas que promuevan una convivencia basada en el respeto, la empatía y el reconocimiento de las diferencias como una riqueza, no como una barrera.

Hoy observamos cómo los establecimientos educativos reciben a niños y niñas con distintas historias, culturas, formas de aprender, lenguas, intereses y necesidades, particularidades propias de cada uno. Esta diversidad representa una oportunidad invaluable para formar desde temprana edad ciudadanos capaces de convivir en una sociedad más plural, equitativa y justa. Sin embargo, también nos enfrenta a tensiones y desafíos que requieren una reflexión profunda sobre el papel que cumplen las instituciones educativas, las familias y la comunidad en la construcción de ambientes verdaderamente inclusivos.

La inclusión no debe entenderse únicamente como la incorporación de niños y niñas con necesidades educativas específicas a un espacio educativo. Se trata de un principio que reconoce el derecho de todos a participar y sentirse valorados, llevándolos al desarrollo pleno de sus capacidades. En este sentido, la educación inicial posee un enorme potencial transformador, ya que es durante los primeros años de vida cuando se construyen las bases de las relaciones sociales, la identidad y el sentido de pertenencia.

Asimismo, la convivencia se ha convertido en un tema prioritario en nuestra sociedad actual, en un contexto marcado por el individualismo, la inmediatez y, muchas veces, por la dificultad para gestionar emociones y resolver conflictos, cuestión que tiene a los establecimientos educacionales sobrepasados. Entonces, resulta fundamental fortalecer habilidades socioemocionales desde la primera infancia, como el aprender a escuchar, compartir, respetar opiniones diferentes y expresar emociones de manera adecuada, para que nuestros niñas y niños puedan enfrentar, de una manera más consciente, los desafíos que se presentarán en el día a día y a lo largo de su vida en sociedad.

Las educadoras, técnicos en educación parvularia y equipos pedagógicos desempeñan un rol clave en este proceso. A través de experiencias cotidianas, modelan formas de relacionarse, promueven el diálogo y generan oportunidades para que niños y niñas aprendan a convivir en un ambiente de respeto mutuo. No obstante, esta tarea no puede recaer exclusivamente en las instituciones educativas, puesto que la construcción de una cultura inclusiva requiere del compromiso de las familias y de toda la sociedad.


En este Mes de la Niñez, más que celebrar, estamos llamados a reflexionar. ¿Estamos escuchando verdaderamente las voces de los niños y niñas? ¿Estamos generando espacios donde cada uno se sienta acogido, respetado y valorado? ¿Estamos enseñando con nuestras acciones la importancia de la empatía y la convivencia? La respuesta a estas interrogantes definirá no sólo la calidad de nuestras experiencias educativas, sino también el tipo de sociedad que estamos construyendo.