Por la Dra. Verónica Ariela Barría Jerez, Académica de la Universidad de Los
Lagos sede Chiloé

Cuando un infante se desborda emocionalmente, ¿lo abordamos desde la
empatía, entendiendo su sensibilidad biológica y ofreciendo el juego como
puente, o respondemos con el castigo y la prisa, perdiendo la oportunidad
de enseñarle a autorregularse?

En el dinámico escenario educativo actual, comprender que cada niña y niño posee un
estilo único e innato para interactuar con su entorno no es una novedad teórica, pero sí
una urgencia práctica. El temperamento, definido en la psicología contemporánea como
ese conjunto de respuestas emocionales heredadas, automáticas y estables a lo largo de
la vida, actúa como el auténtico «ADN» conductual de la infancia.
Históricamente, desde los estudios clásicos de Thomas y Chess hasta los modelos
biopsicosociales de Robert Cloninger, la ciencia ha demostrado que los párvulos no
reaccionan de igual manera ante los mismos estímulos. Mientras un infante con alta
Búsqueda de Novedad (BN) se abalanza con entusiasmo e impulsividad hacia un
juguete desconocido, otro con una marcada Evitación del Daño (ED) manifestará
cautela, tensión o un repliegue natural ante la incertidumbre.
No se trata de clasificar a los niños y niñas como «buenos» o «malos», sino de asumir que
estas diferencias individuales que incluyen el nivel de actividad, el umbral sensorial y la
persistencia reflejan tendencias neurobiológicas subyacentes reguladas por
neurotransmisores. Hoy sabemos que el temperamento posee una utilidad predictiva
fundamental sobre la adaptación personal y el rendimiento escolar. El desafío actual no es
intentar moldear o forzar la naturaleza del niño(a) para que encaje en un modelo
estandarizado, sino aprender a leer este mapa biológico para intervenir de forma
temprana y respetuosa.

Estrategias de juego adaptativas
El juego no es solo una actividad recreativa; en la etapa preescolar, es el mecanismo
adaptativo por excelencia donde el pensamiento intuitivo y la manipulación experimental
se encuentran. Cuando diseñamos un «ambiente significativo», éste debe actuar como un
puente de sincronización perfecta (lo que los expertos llaman bondad de ajuste) entre las
disposiciones biológicas del menor y las demandas del medio.
Para una niña o niño con alta energía motora o baja tolerancia a la restricción, las
estrategias deben incorporar dinámicas de juego que involucren vigor, tiempo y
resistencia, permitiéndole canalizar su necesidad física antes de exigirle periodos de
calma. En contraste, para aquellos catalogados dentro de un «temperamento lento» o con
mayor inhibición conductual, el ambiente significativo exige la introducción paulatina de
recursos didácticos, sin presiones de tiempo, respetando su necesidad de observación
previa para evitar episodios de angustia o desborde emocional.

Al diversificar las experiencias lúdicas mediante el uso de rincones de exploración libre
(ideales para la alta búsqueda de novedad) y zonas de predictibilidad o juego estructurado
(esenciales para la evitación del daño), transformamos el aula en un espacio
técnicamente enriquecido donde las competencias intelectuales y la estabilidad emocional
experimentan un desarrollo continuo.
El objetivo final de sintonizar el temperamento con el entorno a través del juego es guiar al
infante hacia la autorregulación. Esta capacidad crucial no emerge de manera
espontánea ni mediante la imposición rígida de normas abstractas que el pensamiento
preoperatorio aún no logra procesar plenamente. La autorregulación se construye cuando
el niño(a) aprende de la experiencia interna y conecta sus actos con sus emociones en un
entorno seguro.
A nivel biológico y social, la capacidad de esforzarse y reorientar la atención de forma
voluntaria permite que la reactividad negativa inicial (como el enojo o la frustración ante el
fracaso en un juego) decrezca gradualmente. Un diseño pedagógico consciente ayuda a
que los perfiles de búsqueda de novedad e impulsividad adquieran persistencia y foco,
transformando la distracción en una exploración inteligente y creadora.
Modificar las prácticas de crianza y los modelos educativos hacia este enfoque
biopsicosocial dota a los educadores y familias de herramientas precisas para prevenir
conductas desadaptativas externalizadas o trastornos ansiosos. Al comprender el
temperamento actual, dejamos de exigir respuestas homogéneas y comenzamos a
co-construir ambientes protectores donde cada niña y niño, desde su propia dotación
genética, alcanza el equilibrio, la empatía y la autonomía necesarios para su integración
social definitiva.


Fuente: Tesis Magister Psicologia. 2010 “TEMPERAMENTO E INTELIGENCIA EN NIÑOS PREESCOLARES
DE JARDINES INFANTILES DE OSORNO: ESTUDIO EXPLORATORIO.”